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Johann Joachim Winckelmann
Johann Joachim Winckelmann
(1717-1768)
Cuando se produjo su asesinato en Trieste, el 8 de junio de 1768, Johann Joachim Winckelmann era una celebridad en toda Europa, cuya su súbita y violenta muerte impresionó profundamente a sus lectores, artistas, estudiosos y amantes del arte de todo el continente. Nada en sus orígenes hacía presagiar una carrera que le llevaría a ser Bibliotecario del Vaticano y Presidente de las Antigüedades de los Estados Pontificios.

Winckelmann nació en 1717 en Stendal, una pequeña población prusiana. Su padre era un zapatero y Wincklemann, hubo de costearse él mismo sus estudios. Empezó a estudiar teología y lo dejó por las matemáticas y la medicina, sin que ninguno de esos estudios le satisficiera. Trabajó como tutor particular antes de que se le emplease como profesor en una escuela de humanidades. En 1748, su suerte mejoró al conseguir el puesto de bibliotecario del Conde Bünau, en Sajonia, donde pudo no sólo contar con una gran biblioteca a su disposición para estudiar lo que más le interesaba, las artes clásicas, sino que también tuvo la posibilidad de visitar las ricas colecciones artísticas de Dresde, y conocer a artistas y otras gentes que le ayudarían a desarrollar sus planes.

Fue allí donde escribió el ensayo formativo Gedanken ubre die Nachahmung der griechischen Werke in der Malerei und Bildhauerkunst (1755; Reflexiones sobre la Pintura y Escultura Griega, 1755), en el que sostenía que "el único modo en que podemos volvernos grandes, o cuando menos dignos de imitación, es imitar a los griegos". Su ensayo se convirtió en el manifiesto del ideal griego en la enseñanza y el arte y fue traducido rápidamente en varios idiomas. Bajo la influencia de la corte de Sajonia, abrazó la fe católica y, al entrar al servicio del futuro cardenal Achinto, hubo de dejar su tierra natal por la ciudad de Roma. La posición que allí obtuvo, junto con el favor de gentes principales (especialmente el cardenal Albani, que tenía una de las mejores colecciones privadas de arte clásico) le procuró el acceso a los tesoros artísticos de Roma y la libertad de desarrollar su talento como crítico de arte y como asesor para los visitantes que allí se presentaban, de toda la nobleza europea.

Sus trabajos gozaron de gran difusión y le ganaron el respeto del mundo intelectual del momento. Su Geschichte der Kunst des Altertums (1764; Historia del arte clásico) es prácticamente el primer trabajo en definir en el arte clásico un desarrollo del crecimiento, madurez y declive; el primero en incluir factores culturales y técnicos tales como el clima, la libertad o la capacidad artística a la hora de interpretar el arte de un pueblo, o el primero en intentar una definición de la belleza ideal.
Antinous, shortly before his death (132 CE), from a cast of the lion hunt tondo.
Este trabajo inauguraba la división del arte clásico en periodos; un periodo pre-fidio (o arcáico), el del elevado o sublime arte de los escultores griegos Fidias y Polícleto, en el s. V a. C., la elegancia o la belleza del estilo del escultor Praxíteles y del Pintor Apeles (florecientes ambos en la Grecia del s. IV a. C.) y el periodo imitativo, que corresponde a la helenística griega y romana) bajo el que se engloba comúnmente a la historia del arte griego. Pero su fama se basaba principalmente en sus descripciones de obras de arte concretas, en las que combinaba una observación meticulosa, de primera mano, con un estilo cálido y espontáneo. Sus observaciones sobre el Laocoon, el Apolo de Belvedere, los Nióbides o el torso de Belvedere se convirtieron en hitos de la historia de la literatura alemana y de la crítica artística. Puede decirse que el estudio de la historia del arte como disciplina individualizada y de la arqueología como disciplina de las Humanidades nacen con Winckelmann.

A pesar de sus ingeniosos puntos de vista, la percepción que Winckelmann tenía de las artes clásicas era un tanto parcial, puesto que se caracterizaba por su mención, tan citada, de la "noble sencillez y serena belleza" de la escultura griega. Además, sus observaciones nacían casi únicamente a partir de los trabajos helenísticos tardíos o de las copias romanas de obras maestras griegas. El mundo del arte griego, así como la propia tierra griega, fueron siempre más el propio ideal que su mente había concebido que el que sus ojos le mostraban. No obstante, los trabajos de Winckelmann marcan el principio de una nueva época y el nacimiento de nuevos ideales artísticos, valores artísticos y métodos y términos científicos.

Winckelmann visitó Pompeya y Herculano al poco de su descubrimiento. Sus comunicados, en forma de "cartas abiertas" en las que criticaba la falta de sistemática y el secretismo de las autoridades competentes, ayudaron a que estas excavaciones fuesen puestas en manos de personas competentes. Por esto y por su catálogo de antiguas obras maestras se le ha venido considerando el padre de la arqueología moderna.

No es casualidad que la descripción de la escultura clásica de Winckelmann sea especialmente notoria por su análisis de las esculturas de hombres. Lo que halló en buena parte del arte griego era una afinidad con su inclinación por los muchachos; y lo que le atrajo a Italia no fue sólo su fabulosa herencia artística clásica sino el hecho de que, como en multitud de países mediterráneos, la antigua tradición de la bisexualidad y la pederastia había sobrevivido tenazmente a toda la censura religiosa, ya fuese de base cristiana o islámica, así como a las persecuciones ocasionales. Aunque aparentemente las amistades de Winckelmann con los jóvenes romanos fueron básicamente eso, y con poca implicación emocional, parece haberse visto retribuido hasta cierto punto con esos escarceos. Tal y como Goethe (quien tenía a Winckelmann en alta estima) dijo en su enfático ensayo Winckelmann und sein Jahrhundert (1805; Winckelmann y su siglo): "Así, vemos a Winckelmann a menudo en relaciones con hermosos jóvenes, y jamás parece estar más risueño y amistoso que en esos momentos de deleite".

Las cosas fueron diferentes en lo que respecta a los intensos sentimientos que Winckelmann experimentó por un joven alemán llamado Friedrich von Berg. Cuando éste había dejado Roma por París, Winckelmann le escribió: "El Genio de nuestra amistad te seguirá en la distancia a París y allí, a la vista de tu lascivia ociosa, te abandonará, pero tu imagen será para mí la de un santo". Se trasluce en otra carta la amargura cierta de un hombre que va envejeciendo, en otra carta, cuando Berg informó a Winckelmann de su matrimonio: "Por lo que me decís de vuestra feliz unión, creo que sois probablemente uno de los seres más felices de la tierra y, si pudiese realizar un viaje de unos cuantos días para presenciarlo, iré a Berlín el próximo verano, pero desde aquí sólo será capaz de escribirlos; imagino, no obstante, que podré seguiros los pasos. Desgraciadamente, el castaño de Frascati, en cuya rama escribí el dulce nombre de mi amigo, ha sido cortado".

Winckelmann no llegó a alcanzar Berlín en lo que sería su último viaje. Su final le llegó en una posada de Trieste. En una habitación contigua a la suya se alojaba un italiano de 38 años de edad, Arcangeli, delincuente habitual con quien el desprevenido Winckelmann, deprimido y quizás necesitado de compañía, trabó amistad.

Arcangeli estaba intrigado por una colección de monedas que Winckelmann le había enseñado. Se introdujo en la habitación de Winckelmann a la mañana siguiente para robarlas, pero fue pillado in fraganti por el legítimo propietario, a quien asestó numerosas cuchilladas cuando se resistió, escapando sin su botín. Winckelmann sólo pudo recibir la extremaunción y dictar sus últimas voluntades antes de morir, una de las cuales era que se perdonase a su asesino. No fue así. Arcangeli fue capturado posteriormente, sentenciado y ejecutado, muriendo despedazado en la rueda de tortura.
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