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Toshiro Mifune, el popular actor famoso por sus papeles de samurais taciturnos, de rápidos reflejos, jamás pronunció una palabra al respecto. Akira Kurosawa, el famoso director cinematográfico, guardó un silencio inescrutable. Ninguna de las varias centenas de películas de samurais producidas en el pasado siglo intentó siquiera sugerir la figura del nanshoku, el amor del samurai*. Desde su posición central en la educación, el código de honor y la vida erótica de la casta de los samurais, el amor hacia los muchachos ha caído del nivel de lo intocable al de lo inmencionable, al del "amor que no puede mencionar su nombre". Pero el hecho ineludible es que el lazo sexual entre un guerrero adulto y un joven aprendiz era uno de los aspectos fundamentales de la vida de los samurais, un amor para el que los japoneses tienen tantos nombres como quizás los esquimales para la palabra "hielo".

Los samurais solían llamarlo "bi-do", "la hermosa senda" y guardaron celosamente la traducción. En 1482, Ijiri Chusuke argumentó:

    En nuestro Imperio Japonés, esta senda florece desde los tiempos del gran maestro Kobo. En los monasterios de Kioto y Kamakura y en el mundo de los nobles y los guerreros, los amantes se juraban un amor eterno y perfecto que dependía únicamente de su mutua buena voluntad. Que los miembros de la pareja fuesen nobles o de castas bajas, ricos o pobres, carecía de importancia. En todos los casos, lo que les movía era el espíritu de esta senda. Esta senda ha de ser respetada con sinceridad y no podemos permitir que desaparezca. (1)

Conocida igualmente con el término wakashudo, "la senda de la juventud", era una práctica realizada por todos los miembros de la casta samurai, desde el guerrero más simple hasta el señor más noble. Se ha dicho incluso que nunca se habría preguntado a un daimyo, señor, por qué tomaba muchachos como amantes, sino por qué no lo hacía. No es ésta una pregunta que hubiese embarazado, por ejemplo, a los tres grandes shogunes que unificaron Japón, Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi, o Tokugawa Ieyasu, ni tampoco a Miyamoto Musashi, autor del "Libro de los cinco anillos" (2)

En sus aspectos claves, el wakashudo (que a menudo se conocía por su forma abreviada, shudo, y su sinónimo nanshoku, el término habitual para el amor masculino, escrito con los anagramas de "hombre" y "color") era una institución notablemente similar a la de la pederastia que conoció su máximo esplendor dos mil años antes en la Grecia clásica. Al igual que la pederastia, era una relación pedagógica propulsada por la energía de una atracción erótica mutua. E, igualmente, no se trataba únicamente del amor a las mujeres. No es menos cierto que habitualmente los samurais se casaban a una edad más avanzada, como lo hacían también los guerreros griegos. Museum: Wakashu and lover holding hands

Para los japoneses, como para los griegos, el amor entre un hombre adulto y un joven imberbe era de lo mejor de la naturaleza humana, siendo a veces una senda para alcanzar esos ideales y otras, un fin en sí mismo. Simonides, en una famosa canción de taberna del siglo V a. C., declara BCE declares:

    He aquí las cuatro mejores cosas que un hombre puede pedir de la vida:
    Salud sin tacha para toda la vida, belleza exterior e interior,
    Ganarse la vida honradamente y, mientras se es aún muchacho,
    Disfrutar de la compañía de heróicos amantes
    (3)


Estas palabras hallaron su reflejo dos mil años después en un poema más confuciano, aunque menos exuberante, de autor anónimo, escrito en 1653, el autor de Inu Tsurezure, "Las horas ociosas de un perro"

    Es natural que un samurai haga todos los esfuerzos posibles para destacar con la pluma y la espada. Pero también es importante para nosotros es no olivdar nunca, ni siquiera en el último momento, el espíritu del shudo. Si lo olvidásemos, no podríamos conservar la decencia, ni la elegancia de nuestro hablar ni los refinamientos de un comportamiento educado.(4)

En algunos aspectos importantes, las tradiciones eran diferentes: en Japón, era el joven quien debía dar el primer paso, mientras que para los griegos sólo el más mayor debía cortejar al joven. Hagakure, "Escondido tras las hojas", el famoso manual para samurais de Yamamoto Tsunetomo de principios del s. XVIII, estipula que:

    Un hombre joven debería probar a uno más mayor durante como mínimo cinco años y, si está seguro de las intenciones de esa persona, pedirle relaciones formales (…). Si el joven puede entregarse y vivir así durante cinco o seis años, es una persona adecuada(5)


Parecería así que este proceso debía empezar a una edad muy temprana temprana, puesto que estas relaciones solían concluir formalmente en el momento de la ceremonia de mayoría de edad, habitualmente al llegarse a los dieciocho o diecinueve años. En este momento, se procedía a tonsurar al joven (a cortar los mechones delanteros del pelo para simular su retroceso, un modo de simbolizar la accesión a un determinado status de una sociedad cuyos integrantes, como la de hoy en día, compara las fechas de nacimiento para establecer las prioridades de sus miembros), con lo que éste, a su vez, podía desarrollar el papel del adulto en una nueva relación shudo. Como en los tiempos antiguos, los miembros de la pareja seguían siendo amigos íntimos, incluso después de concluida la fase erótico/pedagógica y algunas de estas relaciones resistían el paso del tiempo, convirtiéndose así en historias de amor que duraban toda una vida.

Paradójicamente, el wakashudo era también parte integrante de la tradición de la devoción que un siervo tenía para con su señor, y Yamatomo Tsunetomo, opinaba así acerca de estas relaciones:

    Entregar su vida a otro es el principio básico del nanshoku. No hacerlo es causa de vergüenza. Y al hacerlo, no te queda nada para ofrecerle a tu maestro. Por ello, ha de ser a la vez motivo de placer y de disgusto(6)

El shudo de los samurais tiene sus orígenes en el periodo Kamakura, hacia el año 1200, y alcanzó su apogeo al principio del shogunado Tokugawa, en 1603, declinando posteriormente a medida que el país se unificaba y disminuía la importancia de la casta guerrera. La historia del amor entre hombres en Japón, sin embargo, no sólo abarca todo el periodo de los samurais, sino que lo sobrepasa. Aunque no podemos conocer sus orígenes prehistóricos, existen documentos escritos desde el periodo Heian (Paz y Tranquilidad) (794-1185). Esta era, caracterizada por un gobierno ilustrado, quedó marcada por la fundación de Kioto como gran capital imperial, vio el florecimiento de la cultura y la vida ciudadana. De esta época es Genji Monogatari, "La historia de Genji", que contiene una de las primeras alusiones conocidas al amor masculino, en la que un pretendiente despechado se consola con el hermano menor de su amante:

    Tú, por no menos tú, no me abandones. Genji sentó al muchacho a su lado. El muchacho estaba encantado, tales eran los encantos juveniles de Genji. En cuanto a Genji, así se cuenta, el muchacho le resultó más atractivo que su fría hermana(7)

Del mismo modo, Ise Monogatari, "La Historia de Ise", escrita en 951, contiene un poema a un hombre separado de su compañero:

    “No puedo creer
      Que estés tan lejos
      Porque yo
      Jamás podré olvidarte
      Y tu cara
      Estará siempre frente a mí,”
    (8)

Así, las menciones al amor entre hombres se hicieron cada vez más habituales. En el s. XII, vemos las primeras menciones de Kukai como padre de nanshoku. Kukai o, como se le llamó tras su muerte, Kobo Daishi, "el gran maestro de Kobo", era elfundador de la escuela japonesa del budismo vajrayana, fundó la escuela esotérica Shingon en 816 en el Monte Koya, tras su vuelta de China, donde recibió las enseñanzas del sexto patriarca. Por impresionante que sea la labor de Kukai en el campo de la lingüística (tradujo los textos sagrados del chino al japonés y produjo el primer alfabeto japonés), no tenemos base para atribuirle también la introducción del amor entre hombres. No obstante, existe la leyenda de que experimentó el disfrute del nanshoku en China (conocida universalmente desde épocas remotas por su rica tradición homoerótica, que abarcaba desde los favoritos del emperador hasta los matrimonios de dos varones de clase baja, reconocidos por el estado) y que implantó posteriormente esta práctica en Japón a su vuelta. De hecho, el topónimo monte Koya se convirtió en un sinónimo del seudo en la poesía y en la prosa del Japón medieval.(9)

Aunque resulta dudoso que se pueda determinar el origen del shudo en el monte Koya, no hay duda de la existencia de este amor en los monasterios budistas. De hecho, el amor entre hombres, que tomaba la forma de relaciones sentimentales entre los monjes y los chigo, sus acólitos, es notablemente anterior a la adopción de esta práctica por la casta de los samurais (lo que iba a dar lugar en los años posteriores a una rica literatura erótica que se conoció como chigo monogatari, "historias de acólitos"). El sacerdote tendai Genshin carga contra los que "se acercan al acólito de otro y, con maldad, lo violan" en un texto impreso nada menos que en 985
(10)Por supuesto, cabe plantearnos si deploraba la violación en sí o el hecho de mantener relaciones con un acólito que no es el propio. A pesar de las condenas de que fue objeto, la práctica continuó, apoyada en la lógica de que los votes de castidad realizados por los monjes se referían únicamente a la castidad para con el otro sexo, tal y como expuso el escritor y poeta Kitamura Kigin setecientos años después:

    Buda predicó que el monte Imose (metáfora del amor de las mujeres) debía ser evitado, por lo que los sacerdotes del dharma tomaban esta vía como un aliviadero para sus sentimientos, puesto que sus corazones no eran de madera ni de dura roca(11)

En otro paralelismo con la cultura griega, la práctica del amor entre hombres llegó a crear un corpus voluminoso de prosa, drama y poesía. Desgraciadamente, aunque no deba sorprendernos, poco de ello se ha traducido, a pesar de que los proyectos recientes de estudios en materia de homosexualidad están empezando a recuperar el retraso acumulado. Además del trabajo de Kitamura Kigin, que recopiló una antología de poesía sobre el amor entre hombres, denominada "Azaleas de las rocas", tenemos también "El gran espejo del amor entre hombres", de Ihara Saikaku, una colección de cuarenta relatos cortos sobre el amor entre hombres y muchachos, publicada en 1687. Estos dos títulos son los dos únicos ejemplos de literatura homoerótica japonesa traducidos al inglés, pero existen aún centenares de trabajos por traducir, incluido un gran número de obras de teatro kabuki y noh.

La historia de Japón durante el fin del s. XVI está protagonizada por señores guerreros feudales, hasta el ascenso al shogunado de Tokugawa Ieyasu en 1603, que puso fin a las disputas; tras ello, el país entró en un periodo de tranquilidad que iba a durar doscientos cincuenta años. Uno de los efectos de esta pacificación fue el declive del poder y la influencia de la casta de los guerreros. Paralelamente, la burguesía pudo prosperar en este marco de estabilidad, adoptando muchos de los usos y costumbres que habían sido hasta la fecha patrimonio exclusivo de los samurais. Las técnicas de lucha de los bushi¸ "los guerreros", se reconvirtieron en deportes o disciplinas espirituales (judo, kyudo, kendo, etc.) y la practica del shudo cedió a favor de una cultura de muchachos actores itinerantes cuyos favores eran requeridos (o comprados) por legiones de varones maduros acaudalados. Tal era el fervor de los admiradores de estos actores que hubieron de aprobarse leyes definiendo los límites de los cortes de pelo o de los ropajes de los actores, con el fin de no inflamar las pasiones del público y los burdeles masculinos se convirtieron en una nota habitual de los barrios de mala nota de las grandes ciudades.

Este cambio presagió el declive y la desaparición de las formas del amor entre hombres reconocidas y aceptadas por la sociedad japonesa:

    (…) el declive del shudo había empezado ya a principios del s. XVIII, cuando Japón estaba aún en medio de su largo periodo de aislamiento voluntario. El shudo como senda espiritual empezó a declinar, mientras que florecía cada vez con más intensidad una homosexualidad llena de sensualidad. El hecho de que tras el s. XVIII los kagema' (muchachos actores) se vistiesen en su mayoría de chicas, mientras que durante el periodo Genroku se habían vestido como elegantes y hermosos muchachos, nos indica igualmente hasta qué punto se había degenerado la tradición homosexual.(12)

Y este giro de los acontecimientos también tiene sus paralelismos con lo que había ocurrido en Grecia, evocándonos la dinámica del declive y caída de la pederastia en el mundo grecorromano. Allí también, el amor entre hombres perdió su identificación con la ética guerrera y los ideales pedagógicos y con sus principios morales. También se comercializó y sucumbió a la decadencia y los abusos de los últimos tiempos del imperio romano. La reacción de estos excesos se tradujo en una percepción sumamente consolidada de la sexualidad como algo utilitarista y antierótico, que caracteriza el dogma cristiano en sus principios; la misma doctrina que, mil quinientos años después, propinaría también el golpe definitivo al nanshoku.

La influencia occidental tendría un papel destacado en este giro de los acontecimientos. Desde sus muy primeros contactos con la remota isla-imperio, los exploradores y mercaderes europeos deplorarlon la "laxa moral" y la "depravación de sus anfitriones. El escritor portugués Luis Frois, en su "Historia do Japao", documenta un encuentro en 1550 entre la expedición del fraile jesuita San Francisco Javier y el daimyo de Yamaguchi, Ouchi Yoshikata:

    "El señor los recibió con muestras de alegría y dijo que le gustaría oír la nueva doctrina de los kirishitan´ (cristianos). El hermano Juan Fernández leyó en japonés el relato de la Creación y los Diez Mandamientos. Después de haber mencionado el pecado de la idolatría y otras faltas cometidas por los japoneses, llegó al pecado de Sodoma, que describió como "algo tan abominable que es más sucio que el cerdo y más bajo que el perro y otros animales carentes de razón". Yoshitaka pareció entonces molesto y les hizo una señal para que salieran. Pero el rey no dijo ni una palabra y Fernández dijo que debería ordenar que les matasen".(13)


Aunque la presencia de los misioneros cristianos, escasa pero en aumento, prestó apoyo a quienes criticaban las prácticas del amor entre hombres, no fue sino con la restauración Meiji de 1867, un resultado directo de la apertura de Japón al mundo exterior bajo la amenaza de las armas de fuego estadounidenses, cuando la moralidad cristiana occidental empezó a dominar el pensamiento japonés, con el consiguiente punto final para el wakashudo. Tahuro Inagaki, en su obra La estética del amor adolescente escribe que:

    Sin que nos demos cuenta, hemos perdido esta tradición cultural… Cuando íbamos a la escuela, solíamos oír alguna historia de dos estudiantes que se habían peleado a cuenta de un hermoso muchacho y que habían acabado sacando las navajas (…) Pero desde la nueva era de Taisho (1912-1926), no hemos vuelto a oír este tipo de cosas. El shudo, que era parte de nuestras vidas, ha llegado a su fin(14)

 

 

 

 



Nota del autor: tengo el inmenso placer de haceros notar que, con el nuevo siglo, ha llegado también un giro decisivo con respecto al pasado: justo cuando estábamos preparando la actualización de la web Androphile, se acaba de distribuir en el festival de cine de Cannes (mayo de 2000) una nueva película, Gohatto ("tabú" o "lo prohibido"). Dirigida por el famoso director Nagisha Oshima (el de la famosa película El Imperio de los sentidos) y protagonizada por Ryuhei Mantuda, la película describe la agitación que causan en un regimiento de samurais los flirteos de un joven recién incorporado, cuando varios de los samurais mayores compiten por sus favores. El tópico del amor entre hombres se trata, según parece, abiertamente y se describe de un modo históricamente correcta, incluyendo el final trágico de la historia.

http://www.gohatto.com/

http://www.bacfilms.com/gohatto/splash/index.html

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  1. Ijiri Chusuke, 1482 "The Essence of Jakudo" in The Love of the Samurai, A Thousand Years of Japanese Homosexuality by Tsuneo Watanabe and Jun’ichi Iwata, 1989, London, The Gay Men’s Press, p. 109.  
  2. Gary P. Leupp, 1995, Male Colors, the Construction of Homosexuality in Tokugawa Japan, Berkely, The University of California Press, p. 53  
  3. J. Z. Eglinton, trans. 1964, Greek Love, New York, Oliver Layton Press, p. 248.  
  4. Watanabe and Iwata, 1989, p. 113.  
  5. William Scott Wilson, trans. 1979. Yamamoto Tsunetomo, Hagakure, The Book of the Samurai New York and Tokyo, Kodansha International, p. 58.  
  6. Idem, p. 59.  
  7. Edward C. Seidensticker, trans. 1976, The Tale of Genji, New York, Alfred A. Knopf, p. 48.  
  8. Helen Craig McCullough, trans. 1968, The Tales of Ise, Lyrical Episodes from Tenth-Century Japan, Stanford, Ca., Stanford University Press pp. 101-102.  
  9. Leupp, 1995, pp. 28-32.  
  10. Ibid., p. 31.  
  11. Paul Gordon Schalow, trans. 1996, Kitamura Kigin, "Wild Azaleas" (Iwatsutsuji) in Partings at Dawn, an Anthology of Japanese Gay Literature, San Francisco, Gay Sunshine Press p. 103.  
  12. Watanabe and Iwata, 1989, p. 121.
  13. Ibid., pp. 20-21.
  14. Ibid., p. 124.
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